Amanecer en el corazón de la ciudad

Son las 7.50 del lunes 16 de mayo de 1977. Después de casi doce horas en el tren, tejiendo sueños y temores sobre el futuro que me espera, el viaje acaba en la estación de Paseo de Gracia. Con una sola vía de ida y otra de vuelta, da la impresión de que nos encontramos en un apeadero en el corazón de la ciudad. A esa hora, al asomar por las escaleras de la estación, que es a su vez la boca del metro, se puede comprobar que la ciudad late ya con fuerza, a pesar de la temprana hora. Por las aceras, la gente camina tan rápido que parece que corre. Por las carreteras los coches alcanzan alta velocidad, en ocasiones dando la sensación de una circulación desordenada. En las anchas vías de Barcelona, el Seat 128 y el Citroen CX marcaban la moda entre los automóviles. Marcas de vehículos que se veían en el Paseo de Gracia. Aunque el metro era el medio más rápido para desplazarse por Barcelona, por tener una de las principales infraestructuras en este medio de transporte, con más de dos millones de pasajeros que lo utilizaban a diario.

En la boca de la escalera por la que he accedido hasta el Paseo de Gracia hay un quiosco de prensa, en el que compro un periódico de ese día, La Vanguardia, que costaba 10 pesetas. El periódico, junto a las emisoras de radio, eran los medios de comunicación más seguidos. En la televisión, sólo se emitían 31 minutos de publicidad por día, lo que daba, por otro lado, una idea de la implantación de ésta. Aunque también se puede decir que en la pequeña pantalla el bigote de Iñigo fue un símbolo que marcó la época.

En una de las cafeterías del Paseo de Gracia tomé un café que acompañé con un croissant, mientras ojeaba los anuncios clasificados de La Vanguardia. El objetivo no era otro que el conseguir rápidamente trabajo. Había viajado hasta Catalunya con la obsesión de ‘ser empresario en el gremio textil’. Sector en el que había trabajado durante los últimos 8 años, desde los 13. Tras una rápida ojeada, la cosa no pintó bien. ¡Vamos que lo que leía en esos momentos no presagiaba nada bueno!. La venta de libros y de seguros, sólo con la oferta de ser comercial era lo que más se podía leer en las cuatro páginas que había de clasificados ese lunes en La Vanguardia. Alguna oferta para la hostelería, como camarero en la restauración, y poco más.

Con pocas esperanzas me dirigí a la oficina de empleo más cercana de la zona, en Via Laietana. Tras hacer cola algo más de una hora larga, le pregunté al técnico de la Oficina de Empleo, dependiente del Ministerio de Trabajo, que si había ofertas de trabajo en el ramo textil. A lo que respondió que primero se habría de cumplimentar la documentación necesaria, en la que se incluía el domicilio actual. ‘Pero si recién he bajado en el tren. Aún no se ni dónde puedo vivir’. Palabras que al funcionario le parecerían inverosímiles, aunque enseguida reaccionó para decir que ‘lo primero que ha de tener usted es tener un domicilio donde vivir. Y si ve que en uno o dos meses no le hemos llamado vuelve por aquí’. Eso sí que fue para mí inverosímil: ‘Si en dos meses no trabajo, tengo dos opciones morir o volver a casa’, le dije.

Con el poco equipaje que llevaba en la bolsa de deporte y las cinco mil pesetas en la cartera, fruto de los ahorros que durante un largo tiempo hice para viajar a Barcelona, me dirigí hacia la zona donde más económico podía conseguir un alojamiento: en el entorno de las Ramblas de Barcelona. En la calle del Carmen, a cien metros de la popular Font de Canaletes, encontré hospedaje a 125 pesetas por día y noche. Una pensión pequeña, con apenas diez habitaciones. Baño y lavabo compartidos en un pasillo central y un reducido comedor en el que se servían desayunos eran todos los servicios que ofrecía el pequeño hostal. Como huéspedes fijos, de larga estancia, había dos mujeres de origen gallego, con una edad ambas que deberían rondar los cincuenta. Bigotuda una de ellas, Fulxencia, y la otra de aspecto bastante más arreglado, Marga; un homosexual, que un día se me declaró amorosamente, Felipe, y un joven leonés con poca edad más que la mía, con 24 años, Julián, que lucía una larga y cabelluda melena rubia, muy apropiada en la época. Con este último hice buenas migas. Hubo buena relación personal. Salíamos algunos fines de semana a divertirnos juntos y en alguna que otra ocasión me sacó de más de un apuro laboral, cuando las cosas se complicaron un tiempo después.

Los primeros días en Barcelona fueron excitantes, apasionantes e, incluso, de provocación por descubrir un mundo hasta entonces totalmente desconocido para mi. Poco tenía que ver mi Salamanca natal con la Barcelona de los años setenta. Una ciudad en la que tras la muerte de Franco, el catalanismo comienza a aflorar con fuerza. Yo no tenía ni idea de qué era aquello. Pero pronto comprobé un estado emocional jamás visto en ningún periódico del régimen y mucho menos en la televisión en sus, hasta ese momento, veinte años de emisión.

En Barcelona había muchas cosas por descubrir, pero lo primero era encontrar trabajo. Fueron días duros, porque recorrí todas las empresas textiles, puerta a puerta, desde  Mataró a Sabadell, Tarrasa, Manresa… Todas las industrias de gran tradición en la confección de prendas de vestir. Y todas se cerraban con un ‘noi, no hi ha feina’.

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