A puerta fría

Las dificultades para encontrar trabajo eran muchas, porque en 1977  la situación económica en España estaba complicada. Tras la muerte del Generalísimo, el 20 de noviembre de 1975, la política fue acomodaticia o compensatoria. Se vivía el inicio de la transición, con una complicada economía que sobrevivía con el mantenimiento de tasas de crecimiento relativamente altas, pero a costa de un agravamiento de los desequilibrios de fondo. Entre 1973 y 1976, el PIB español creció un 16%, mientras que en los principales países de Europa Occidental el crecimiento fue tan solo del 5,5%. Pero en julio de 1976, cuando la dimisión forzada de Carlos Arias Navarro —legatario de Franco— permitió el acceso de Adolfo Suárez a la presidencia del Gobierno, la situación ya era muy delicada. La inflación interanual se acercaba al 20%, el déficit de la balanza exterior por cuenta corriente superaba los 4.000 millones de dólares y el déficit del Estado aumentaba. La permisividad monetaria no había podido evitar, por otro lado, el ascenso del desempleo, que afectaba ya a más de medio millón de personas, el triple que tres años antes.

Encontrar empleo era complicado. Sabía que habría de llamar a muchas puertas. Pero había de hacer un gran esfuerzo por encontrar trabajo. Las dificultades del sector textil me llevó a probar en la venta de libros. Pero morí en el intento, porque a pesar de que conseguí vender alguna colección, con fines educativos, las comisiones no se cobraban hasta que la editora tenía asegurado el cobro de las mismas, con lo que no era una buena estrategia para sobrevivir. Aunque aprendí mucho con ellos. Si. Tanto como vergüenza sentí en algunos momentos que vendía una de aquellas enormes enciclopedias, que a pesar de tener excelentes ilustraciones para el momento, representaban un alto coste para la familia.

Nos presentábamos, de dos en dos vendedores, en los domicilios familiares, como asesores pedagógicos del colegio del escolar que vivía allí. Siempre a la hora de comer o cenar y con la familia reunida entorno a la mesa. La condición pedagógica nos la permitía el conocimiento que teníamos de los escolares, porque las fichas personales de cada escolar nos las facilitaba el propio colegio, con el posterior cobro de comisiones sobre las enciclopedias vendidas. El precio no era barato. Lo que retraía algunos padres a su adquisición. Pero era tan agresiva la venta que incluso se le llegaba a decir al padre de familia, delante de todos los miembros de ella, que ‘¡usted no quiere a sus hijos hombre!. ¡Se da cuenta que lo que ha de pagar por esta colección es lo que se gasta usted en la cerveza y el café que hace cada día en el bar!’

Una venta agresiva, que se ha hecho con mucha frecuencia, especialmente hasta la creación de internet, que ha llevado casi a desaparecer este tipo de venta a domicilio. Una venta que no era ni más ni menos que vender a toda costa en beneficio sólo del propio vendedor y de la empresa, sin reparar lo más mínimo en las necesidades del cliente. Aunque se podría afirmar con total rotundidad que es la venta más extendida, practicada y aprendida de la historia del intercambio comercial. Una venta que para mí era difícil, alguna se hacía. Pero era una venta, sin duda, amoral, que no era aval de mis valores personales. No era el trabajo que yo quería y, mucho menos, el que me había hecho desplazar hasta Catalunya. Pero por otra parte el tiempo pasaba y apremiaba la necesidad d encontrar algo con lo que sobrevivir, porque las 6.000 pesetas con las que viajé se estaban liquidando más rápidamente de lo que podía haber imaginado. Y ahí es donde por primera vez me echa una mano mi compañero de pensión, Julián.

El compañero nacido en la ciudad de León, y que con tres años ya en Barcelona forma parte de unos grupos de personas que hacían venta a ‘puerta fría’. Otro estilo de venta que es pensar en ella y echarse a temblar. Porque es muy difícil atender a una persona que llama a la puerta para vender algo.  Aunque en esta ocasión el producto daba la sensación de ser más permisivo . Digámoslo así. Porque se trataba de vender unas postales cuyo beneficio económico, al menos teóricamente, iba destinado a grupos de disminuidos psíquicos. En esta ocasión nos abrían la puerta personas a las que podíamos enseñar un carnet personalizado que lucíamos sobre el pecho, en el que se podía leer que contábamos con el beneplácito del Arzobispado de la zona. Pero al final, otra inmoralidad más. Porque a las comisiones del vendedor, había que restar a la venta la que tenía el jefe de grupo, el jefe de ruta y el de la zona; el ‘inventor’ de la historia y las que se quedaban en el camino, entre ellas las destinadas a la Iglesia. Un pellizco pequeño, pero al fin y al cabo un ‘bocadito’ al pastel para cada uno de estos, que hacía el que las comisiones que iban finalmente al grupo de discapacitados en cuestión, de las 200 pesetas que pagaban los compradores, lo que llegaba a los beneficiarios no superaba el 20 %.

Una venta inmoral, pero que me permitió sobrevivir algunos días más, que aproveché para descubrir las maravillas de Barcelona. La obra de Antoni Gaudí, sin ir más lejos; o los mercados, con el frontal de la Boqueria en cabeza; el añorado Copito; el dragón modernista; ese Mediterráneo que Barcelona comparte con otras orillas, otros pueblos, otras culturas; la Sagrada Familia y la Pedrera, la Font Màgica de Montjuïc, el Tibidabo, Colón, la fuente de Canaletes, la típica baldosa barcelonesa y la basílica de Santa María del Mar… O cualquier cosa relacionada con el Barça. El equipo que, como buen merengue desde que nací, había visto siempre como el eterno rival deportivo a batir.

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