De matarife a atleta

De regreso a Barcelona, a pocos kilómetros de la partida del tren, pasé por el pueblo de mi madre, Babilafuente. Añorar los años que pasé en esta pequeña villa me llevó a viajar el resto del trayecto entre el recuerdo, la nostalgia y la sensación de soledad. Los primeros meses no habían sido fáciles.

En Babilafuente viví gran parte de mi infancia. Nací con una deformación en el pie derecho que me obligó a pasar por el quirófano en varias ocasiones, la primera de ellas con poco más de un año, de las que posteriormente me rehabilitaba con el cariño de mi abuela materna, María y mi tío Claudio. Una pequeña villa salmantina que ‘yace en un llano y agradecido terreno, distante cuatro leguas de la capital de Salamanca y que goza del distinguido privilegio y la honrada antelación de ser la capital de otras siete muy vecinas poblaciones, que se encuentran en el apreciable Condado de Monte-Rey, que hoy está unido a la gran Casa de la Excma. Señora Doña María Teresa Álvarez de Toledo Duquesa de Alba, mi Señora’, tal y como recogen algunos libros de historia. Pequeño pueblo en el que crecí feliz y del que recuerdo con una cierta nostalgia los excelentes melones que allí se cultivaban o como los vecinos (mayoritariamente mujeres) lavaban sus ropas en un viejo lavandero (ahora reconstruido como entonces), con un jabón que nuestras abuelas elaboraban a base aceite usado y sosa caustica.

Durante aquel primer viaje de vuelta a Catalunya también recordé los años en los que cursé estudios en el Colegio Calasanz de Salamanca. En este colegio fundado el mismo año que nací, en 1956, y en el que cada mañana, antes de entrar en las aulas, todos en formación en el patio cantábamos el ‘Cara al sol’, para emular al franquismo. Aunque, en este colegio, adquirido en 1957 por los padres Escolapios, también aprendí a saber lo importante que era el sacrificio y el adquirir conocimientos académicos. No fui mal estudiante, pero no supe sacar buen rédito de ello, porque desde muy joven, a los 13 años, tuve que trabajar en un matadero de cerdos, para ayudar en la precaria economía familiar, agravada entonces porque éramos familia numerosa, con cinco hermanos, en la que sólo el padre estaba activo laboralmente.

Al pasar por Babilafuente me vinieron a la memoria los días en los que se hacía la matanza rural. Rito que hube de hacer en mi primer trabajo laboral con 13 años, como  aprendiz en la fabrica de embutidos Montesol, una empresa en la que se sacrificaba el cerdo. La manera de sacrificar el animal era muy parecida a la que se hacía en familia para conmemorar el día de la ‘Fiesta de la Matanza Rural’, con la que se aprovechaba para abastecer de carne a la familia casi todo el año. Fiesta que ha dado pie a hacer rico el refranero español al hacer referencia a las fechas de la matanza, tales como ‘A cada cerdo le llega su San Martín’; ‘Por San Martina mata la vieja el cochín’ o ‘Por San Martino, mata el pobre su cochino, y por San Andrés, el rico los tres’. Un trabajo duro. Muy duro, porque con tan poca edad, a pesar de que aquellos trece años no tienen nada que ver con los de ahora, matar al animal en aquellas condiciones era muy duro. Al cerdo se le sujetaba para el sacrificio por una de las patas traseras, ascendiendo al animal por una cinta, cabeza abajo. Sin oponer excesiva resistencia, el mataor con un gancho sujetaba al gorrino por debajo del hocico y tiraba de él. El matarife clavaba el cuchillo en la parte inferior del cuello del cerdo y la sangre fluía copiosamente, cayendo sobre la lebrilla. Después se descolgaba el cerdo en una gran caldera de agua hirviendo, preparándolo para el despiece.

Aunque fue temprana la edad a la que comencé a trabajar, en el colegio Calasanz, además de prepararme en lo lectivo, tuve oportunidad también de practicar deporte de competición. Mi condición de ‘inválido’ durante gran parte de la infancia hizo que me esforzara de tal forma que con los años crecí con la fortaleza de las mejores condiciones para ser un buen atleta. Corrí en el equipo provincial de Educación y Descanso, el sindicato vertical del franquismo, y como destacado en la disciplina que practicaba formé parte también en diversas ocasiones con el equipo de atletismo de la Unión Deportiva Salamanca. En este deporte quedé en varias ocasiones campeón de distintas pruebas celebradas en Salamanca, e incluso en una ocasión, en la modalidad de los 1.500 metros en pista cubierta llegué a quedar cuarto en la categoría de juveniles, en un campeonato de España, en la ciudad vasca de Getxo. Como atleta viví algunas de mis mejores etapas juveniles. Competí con los mejores atletas del momento, entre ellos el mítico Mariano Haro, un atleta palentino especialista en pruebas de cross, fondo y medio fondo que en al década de los setenta consiguió sus mayores éxitos.

Aún tengo fresco en la memoria el día que corrí ‘codo a codo’ con él, al paso que Haro dictaba. Los primeros cinco mil metros de los diez mil que era la prueba de cross, campo a través, le aguanté a su lado media prueba hasta que me dijo: ‘Hasta aquí puedo acompañarte’; desapareciendo de mi vista con una velocidad que sólo él conseguía en las pruebas de resistencia. Aún así, aguanté su zancada casi cinco mil metros, Para conseguir esta pequeña proeza yo entrenaba casi a diario treinta kilómetros, sin temor al calor, frío o nieve. Un entrenamiento de amateur que hacía casi todos los días del año en los campos de encinas que había en Salamanca.

El sacrificio para estar en forma fue grande. Pero mereció la pena. Me ayudó a superar cualquier complejo que pudiera tener por mi deformación física natal. Lo hacíamos como se hacían entonces casi todas las cosas. Aunque en este caso, lo que conseguíamos era viajar, un chandal con los colores de la U.D. Salamanca y unas zapatillas de clavos para correr en las pistas de tartán (todo un lujo para la época). Nos permitió conocer otras ciudades de España, porque como destacado atleta  de la Unión Deportiva Salamanca, viajábamos semanalmente a competir con otros equipos de Primera División, en Barcelona, Madrid, Sevilla, Bilbao y Valencia, entre otras ciudades.

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