Una Navidad para la reivindicación

Era jueves, 22 de diciembre de 1977. Al llegar a la estación de tren de Salamanca, pasadas las once de la mañana, en la prensa local se pudo leer que la rama político-militar de ETA había vuelto a la lucha armada, en un atentado que destruyó la empresa Aguas del Norte S.A., de Irún, rompiendo así la tregua que había desde hace meses. Desde allí recorrí a pie los poco más de mil metros que separa la estación de RENFE de la hermosa Plaza Mayor de Salamanca. Única en el mundo. No sólo por ser emblema de la ciudad, sino una representación del estilo barroco y la expresión más significativa de esta inigualable villa tormesina. Soñar, sentir, ensimismarse en uno mismo en esta Plaza, es un privilegio para todo el que la visita y muy especialmente para los que tenemos el orgullo de ser salmantinos.

Desde el centro de la plaza miré la uniformidad de la plaza de la que sobresale en altura sólo la Casa Consistorial. Levantado el Ayuntamiento sobre uno de los soportales de la plaza, las ventanas de la fachada están precedidas por balcones, enmarcadas por baquetones y rematadas con frontones curvos partidos y sobre éstas, en el centro, una espadaña donde se ubica el reloj y las campanas, que datan del siglo XIX. Hermosos balcones de la casa consistorial que lucían una bandera, la bandera de España.

Sin más premura me dirijo al pórtico que da entrada al ayuntamiento municipal. En los bajos, como todas las navidades, se alzaba un gran Belén engalanado con todas las figuras necesarias para conmemorar el nacimiento de Cristo, que era visitado durante todos esos días festivos por miles de salmantinos. Subo la hermosa escalera que lleva a las dependencias municipales y allí pregunto a un bedel municipal que cómo puedo ver al alcalde. El funcionario se extraña, pero accede a llamar a secretaría de Alcaldía, de la que surge una mujer joven. ‘Puedo ver al alcalde’, le pregunto. ‘¿Quién eres? ¿Qué deseas? ¿Te puedo ayudar?…’ Insiste. ‘Para hablar con el alcalde hay que pedir audiencia. Y tu no la tienes, porque no tiene visitas concertadas y, además, él no se encuentra en el Ayuntamiento en este momento’. Resumen, sin dejarme mediar palabra con la funcionaria. Aún así volví a insistir. ‘Soy salmantino. Llego ahora de Barcelona y quiero ver al alcalde. ¡Le espero aquí!’. Determinación que llegó a escuchar una persona que a mis espaldas se acercaba hacia nosotros en esos momentos, dándose a conocer al unísono: ‘Yo soy el alcalde, ¿qué quieres de mí?’. Con la máxima autoridad frente a mí. A la que, por cierto, nunca tuve ocasión de haber conocido anteriormente, le pregunté: ‘¿Me puede decir porqué en el balcón del Ayuntamiento ondea sólo la bandera de España?’.

Pablo Beltrán de Heredia, el alcalde en cuestión, no parecía dar crédito a lo que escuchaba. Me miró de arriba abajo – yo aún con la pequeña bolsa de deportes con la que había viajado entre las manos – e imagino que se preguntó que ‘de dónde habrá salido éste’. Beltrán de Heredia llegó a la alcaldía en los estertores del franquismo, en los días de agonía del Generalísimo y el despertar de la democracia. En un momento muy complicado para Salamanca, al borde de situaciones de hundimiento urbanístico, que supo sacar adelante. Pero con enfrentamientos sociales, porque en aquellas fechas una comisión nombrada por las asociaciones de barrios de Salamanca le hicieron llegar varios miles de firmas que expresaban la solicitud de otros tantos ciudadanos en favor de su dimisión.

Desconozco si su primera impresión al escuchar el ‘porqué en el balcón del Ayuntamiento ondea sólo la bandera de España’, era para él una reivindicación más de las que le hacían los vecinos en aquellas fechas, o si se trataba de un loco con espíritu revolucionario a los que en tantas y tantas ocasiones había tenido que acallar el Régimen del que él provenía. Aunque, probablemente, su espíritu universitario, con el que se había formado, habiendo sido Rector de la Universidad de Salamanca le hizo pensar que, cuanto menos, me habría de dejar hablar. ‘Y qué bandera ha de haber?’, me preguntó. ‘La bandera española, si quiere, pero también la de Salamanca y la de Castilla y León. ¿Cómo vamos a conseguir la comunidad de Castilla y León si no la reivindicamos?’. Su perplejidad fue a más, porque en aquel entonces la comunidad se debatía entre la definición del nuevo territorio autonómico, durante las últimas décadas debatido entre León y Castilla La Vieja. La comunidad autónoma de Castilla y León fue el resultado de la unión, en 1983, de nueve provincias.

Aún así, Beltrán de Heredia me atendió. El alcalde dijo que tomaba nota: ‘Aunque en los días más señalados ya colocamos otras banderas, como la de Salamanca’. Aquel gesto de protesta, personalmente me hizo crecer. Me sentí reivindicativo, una forma de reclamar que desconocía pocos meses antes. Aquellas fiestas de Navidad transcurrieron en familia (la Nochebuena y La Navidad, porque Sant Esteve, fiesta sólo en Catalunya, la aproveché para regresar). Había sido mi primera Navidad en casa. El primer reencuentro familiar desde que en mayo decidí trasladarme residencialmente a tierras catalanas.

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