Comedor social, en tiempos difíciles

Era 27 de diciembre de 1977. A primera hora llegaba a Barcelona, procedente de Salamanaca, aprovechando el festivo día 26 en Catalunya, Sant Esteve, para viajar. España estaba en plenas fiestas navideñas, y ello se hacía notar por cualquiera de las calles que se paseaba. El tren, el recorrido y el horario fue prácticamente el mismo que me llevó el 15 de mayo a la Ciudad Condal. De nuevo, en Barcelona.

Entre los 1977 y 1979 viví con entusiasmo todos los acontecimientos políticos de la época. Aunque en lo que se refiere a la parte laboral fui dando bandazos de un lado a otro. Lo llegué a pasar mal económicamente porque encontrar trabajo fue muy complicado. Las seis mil pesetas con las que viajé inicialmente y lo poco que pude rascar durante los días de Navidad que pasé en casa, los ahorros se fueron apurando. De comer regularmente en restaurantes, siempre el menú del día, la situación me forzó a desazonar en un comedor de pobreza gestionado por una hermandad de sacerdotes, en el que situado junto a Las Ramblas, se prodigaban los indigentes que comían gratis, tras entregar los vales que les daban en las casas de Caridad. Otras personas, como en mi caso, cada comida (un buen trozo de pan, plato caliente, filete tan liso y fino como una suela de zapato desgastada, pieza de fruta y un vaso de agua), tanto al mediodía como en la noche, las costeábamos con 50 pesetas. En esa época en las tiendas, un cartón de leche de un litro costaba 20 ptas; una barra de pan, 9 ptas; un kilo de azúcar, 35 ptas; un litro de aceite de oliva, 72 ptas; un kilo de patatas, 7 ptas; un billete de metro, 6 ptas. y la gasolina costaba 24 pesetas el litro.

Tras un difícil periodo, al cabo de unos meses comencé a trabajar en el ramo textil, que era a fin de cuentas el principal objetivo que me había llevado hasta Catalunya. Trabajé en varias empresas, siempre intentando incrementar el salario a la hora. Nunca estaba en el régimen de la Seguridad Social (una de las pocas cosas que hizo buenas el régimen franquista, además de la construcción de numerosos pantanos). Tenía muchas urgencias por encontrar trabajo. Necesitaba solucionar mi precaria situación económica, porque mi intención, además de subsistir, era estudiar en una academia de diseño, que aún hoy está junto a Las Ramblas, la Academia Guerrero, de gran prestigio profesional. Un centro especializado en el diseño y el patronaje industrial de la moda, ‘Prêt-à-porter’, expresión francesa que significa textualmente ‘Listo para llevar’, nacida en la década de los cincuenta, cuando se produjo una gran revolución internacional de la moda. Una moda confeccionada a gran escala, con mucha variedad en la calidad y el precio, producidas en serie con patrones que se repiten en función de la demanda. Aunque, también se luce el ‘Prêt-à-porter’ de lujo, introducido por marcas de máximo prestigio como Ives Saint Laurent y Chanel.

En el sector textil era bueno. El oficio lo aprendí tras dejar el matadero Montesol, a los 14 años. Esta facilidad para dibujar el patrón sobre el tejido me revalorizó continuamente, facilitando cambios de empresa para ganar unas pesetas más a la hora, hasta llegar a un salario de ciento cincuenta pesetas a la hora. Trabajaba diez, con lo que al final del día acababa con mil quinientas pesetas. Eso, sí, al comenzar a estudiar en la academia para mejorar profesionalmente, ese salario era escaso porque los gastos de la academia suponían casi 25.000 pesetas al mes. Precio en el que se incluía un curso de diseño de moda industrial y otro curso especializado en la Organización de Sistemas y Métodos en las cadenas de producción textil, con el que aprendí a sistematizar procesos de producción con tiempos calculados en diezmilésimas de hora.

Encontrar el primer trabajo en el ramo textil fue complicado. Muy difícil. Porque tras visitar múltiples empresas en todas las principales plazas catalanas del sector, Mataró, Manresa, Sabadell, entre otras, al recorrer Barcelona, tras varios intentos que ya daba por imposible, en una última que tenía previsto para ese día visité una empresa por el barrio de La Mina. Era muy tarde y me encontraba en ese momento en Travessera de Gracia, con lo que, inicialmente, desistí de ir hasta allí. Sin embargo, sucedió algo muy curioso. Fue como si un misterioso espíritu me golpeara en la espalda reiteradamente hasta convencerme de que debía ir a esa última empresa que me quedaba por visitar. Llegué hasta allí en el metro y algún que otro cambio de línea de Bus. Justo en el instante en el que en el mismo umbral de la puerta encontré a un hombre joven, elegantemente vestido con americana y pantalón de tela vaquera, al que llamé la atención.

Con un Pontiac aparcado en la puerta, al disponerse a entrar en el automóvil deportivo que abría para viajar, le pregunté si era de la empresa que acabada de abandonar. Al preguntarme que deseaba le dije que ‘si es usted el jefe me tiene que dar trabajo por Dios’. Le dije con voz un tanto desesperada. ‘Es mi última oportunidad. Si usted no me da trabajo me tengo que ir a Salamanca mañana mismo, porque habré fracasado en mi intento de trabajar en Catalunya’. Es de suponer que me vio entre la desesperación y el desconsuelo. Hasta el punto de que se interesó por lo que yo podía aportar a su empresa. ‘Soy patronista, cortador y planchador. Soy muy bueno en el oficio. ¡Se lo garantizo!’. Imagino que tal fue la pena, la amargura y a la vez firmeza con la que me encontró que seguidamente me dijo: ‘Ven mañana a las seis’.

Y así lo hice, no sin antes desplazarme esa misma tarde, a punto de cerrar los comercios, hasta la Puerta del Ángel, para comprar un despertador, porque hasta el momento no había previsto la posibilidad de madrugar tanto.

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