En Lleida, camino de la transición

En la Academia Guerrero de Barcelona conocí a Miguel. De origen segoviano llegó a Lleida para trabajar en el sector textil. El coincidir conmigo en el curso especializado en la Organización de Sistemas y Métodos en las cadenas de producción textiles me permitió conocer a este fabricante de confección que marcaría mi futuro más inmediato. Como regente de una gran empresa textil en la capital leridana contrató mis servicios, con un salario muy moderado, bastante menos de lo que en aquellos momentos ganaba en la empresa Nino Ferrari, pero con la promesa de ayudarme a montar mi propia empresa. Se comenzó a fraguar así el sueño que me llevó a Catalunya: ‘Ser empresario del ramo de la confección’.

Con Miguel formalizamos una sociedad textil en la que llegaron a colaborar hasta 200 personas, entre las que producían montando las prendas en el taller y otras que cosían ‘temporalmente a manos’ en sus casas. Se utilizaba esta última figura como colaboradora en la elaboración de las prendas, porque eran mayoritariamente mujeres que no tenían trabajos remunerados fijos, pero si cobrando ‘por piezas montadas’ que cosían en sus casas. Hacían las faenas más sencillas en la confección, tales como el coser bajos, bolsillos o cinturas, entre otros. Terminando el montaje de las prendas en el taller. La primera empresa se abrió en un viejo almacén de carbón, adecuado para la ocasión, y, posteriormente, una segunda en un bajo de un local, junto a la fábrica que Miguel regentaba en un barrio de Lleida. Dando de alta, además, una pequeña tienda al detall, en la que se hacía la venta de algunos de los modelos que fabricábamos.

La distribución para coser ‘a manos’ se hacía por varios pueblos del entorno de Lleida, habiendo en cada uno de estos puntos una persona responsable, que era la que se encargaba de repartir el trabajo al resto de las mujeres que colaboraban en cada zona. En uno de ellos tuve la ocasión de mantener una estrecha amistad con la familia Camats, el viajero con el que años atrás conseguí entablar conversación en el tren que me llevó desde Madrid a Barcelona. La familia Camats, desde entonces ha sido para mi como tener a mi propia familia en Catalunya, porque ellos me vieron sonreír en los momentos de júbilo, llorar en la tristeza, compartí con gran generosidad centenares de veces mantel en su casa, sobre todo en Navidad, cuando no podía viajar a celebrar las fiestas a Salamanca.

Con el apoyo de Miguel se levantó una gran empresa, Bafart Textil, en la que llegamos a fabricar 500 prendas de niño diarias, que se distribuían por toda España. Aunque pronto se comenzó a complicar la sociedad. La crisis del textil de principios de los ochenta nos obligó a tomar decisiones personales difíciles, que terminaron, años después, con aquella aventura textil. Con Franco recientemente fallecido, en los primeros años de los ochenta, distribuíamos prendas por toda España, de las que se giraba el cobro a los noventa días, viendo como se quedaban con las prendas recibidas y devolvían los giros bancarios, como ‘si aquí no pasara nada‘.

A pesar de ello, fue una etapa empresarial emocionante. Tan interesante como fue la  implicación social y política en Lleida. Desde que llegué a la Terra Ferma, en el año 1979, participé en el proyecto político que se estaba construyendo. Con los planes profesionales que tenía previstos, pensé que cuál podía ser el partido político, de los que entonces se presentaban democráticamente a las elecciones, que más se acercaba a mi perfil profesional y social. Lo que me llevó a contactar con la Unión de Centro Democrático (UCD), liderado por el presidente Adolfo Suárez. Coalición que estaba protagonizando el proceso de la llamada Transición, liderando el gobierno de España entre 1977 y 1982. Partido político poco convencional, que reunía a muchas ‘familias’ políticas procedentes de antiguas formaciones que habían constituido originalmente la coalición.

En la UCD me acogieron con generosidad, con los brazos abiertos. Formé parte de las Joventuts Centristes (la rama joven de la UCD en Catalunya). Hablo de generosidad, porque recuerdo que en los primeros días de estar allí hubo una asamblea general en la que me concedieron el honor de ser el que, en una de las votaciones que se hicieron, llamara a votar en una urna a uno por uno de todos los presentes en la asamblea. Yo llevaba poco tiempo en Catalunya y desconocía la fonética de algunos nombres y apellidos catalanes, tales como Pujol, Roig, Puig… Los cuales yo pronuncié literalmente con cada una de sus sílabas, sin tener en cuenta que la pronunciación fonética en catalán es distinta a la escritura. Ante el murmullo de las personas que se encontraban en la sala y la extraña mirada de algunos por aquello pronunciación que hacía, uno de los dirigentes del partido, sin darle mayor importancia a lo que sucedía, cogió el micrófono para inmediatamente señalar que ‘acaba de llegar de Salamanca y es normal que tenga alguna dificultad para decir algunos de nuestros apellidos. No hay porqué preocuparse. Adelante Angel. Nos entendemos igual y ya habrá tiempo para corregir estas cosas’. Palabras a las que siguió una atronadora ovación de aplausos de todos, en señal de respeto.

Esta consideración personal, en un momento de integración en Catalunya como en el que me encontraba, partía del presidente de la UCD en Lleida, Manel de Sàrraga, prestigioso letrado en la ciudad, que fue diputado encabezando la candidatura de UCD al Congreso en las elecciones generales de 1977 y 1979. En 1978, en su calidad de diputado, fue miembro de la denominada Comisión de los Veinte, que redactó el anteproyecto de Estatuto de Autonomía de Cataluña de 1979. Fue vocal de la Comisión de Presupuestos en el Congreso y compaginó su tarea parlamentaria con la de asesor del Ministro de Economía y Hacienda, Jaime García Añoveros.

En la UCD me encontraba cómodo. Me sentía querido. Valorado. En ocasiones hasta necesitado. Me impliqué mucho en el partido y con esta vinculación fui asumiendo responsabilidades políticas, principalmente en la dirección de los jóvenes. Implicación que trasladé a la vida social. A pesar de que, en general, la implicación en la política en aquellos momentos era poca. Muy poco activa. Desde entonces hasta ahora, se ha tenido que vivir un cambio cultural y tradición histórica para ver a gente joven interesada en la política. Con el tiempo, la gente se ha dado cuenta que es muy importante formar parte de la toma de decisiones que afectan directamente en nuestras vidas. Aunque para ello han tenido que irrumpir en la política partidos nuevos (algunos anti sistema) que han  acabado con la hegemonía de los tradicionales.

También es cierto que los partidos políticos, aquellos que en los años de la Transición fueron importantes para las personas, en estos momentos se han convertido en parte del problema de esta misma gente. La participación política de las nuevas generaciones, aunque más interesada en la vida política, es de muy baja intensidad, con pocos compromisos estables o activos en términos de dedicarle horas y mucho menos aportaciones económicas para sufragar los gastos de estos partidos. Un claro ejemplo es el crecimiento de Podemos, que pese a tener un gran incremento de militancia, con el fin de tener una vinculación al partido, no paga cuotas de afiliación. Mientras que de otras formaciones tradicionales se puede decir que hay un rechazo de la sociedad a participar en estas estructuras con mayor índice y rigor de organización.

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