Aprender catalán, con el ‘Digui, digui’

Durante estos días se han conmemorado el cuarenta aniversario de las primeras elecciones democráticas, el 15 de junio (1977-2017). Comicios en los que ganó la Unión de Centro Democrático (UCD). Partido al que me afilié a mi llegada a Lleida, en 1979, y en el que tuve la oportunidad de vivir la política en su más alto nivel, con las Juventudes de UCD. La rama joven de este partido, que con Adolfo Suárez fue el que protagonizó el cambio político, al pasar del régimen franquista al democrático, en la llamada Transición. En todos los partidos que se presentaron a las elecciones había jóvenes dispuestos a liderar en un futuro las formaciones políticas.

Como miembro de las juventudes de UCD formé parte del Comité Provincial. Esta condición me permitió formar parte del Consejo Político, con sede central en Madrid, y en el que, entre otros, conocí a Javier Arenas, nacido en Sevilla, vicesecretario actualmente del Partido Popular (PP) y que con este partido ha sido en diversas ocasiones candidato a presidente de la Junta de Andalucía, además de ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, de Administraciones Públicas, de Presidencia y vicepresidente segundo del gobierno español, en tiempos de José María Aznar; En en Consejo Político coincidí también como miembro de éste a Eduardo Andrés Zaplana, que ha sido presidente de la Comunidad Valenciana, en representación del PP. Y conocí  al tarraconense Lluís Badía, entonces miembro del Comité Nacional de UCD y presidente de la juventudes de la UCD en Tarragona. Político con el que desde entonces mantengo una buena amistad y con el que juntos hemos participado en algunos proyectos sociales y políticos.

Si en general la implicación en la política en el comienzo de la década de los ochenta era escasa, mucho menos lo era en la gente joven. En el inicio de la llamada década prodigiosa, la juventud estaba más atenta a los movimientos musicales de Alaska, Carlos Berlanga y Nacho Canut, entonces miembros de los Pegamoides. Se vivía al filo de la ‘movida’ madrileña. Con la muerte de Franco la gente descubrió su propia libertad. Adolfo Suárez hizo todo lo necesario para legalizar al Partido Comunista en España, mientras que en las islas británicas los Sex Pistols cantaban Anarquía. España comenzó a pedir que le abrieran las puertas de Europa. Para los que vivimos intensamente aquella década la hemos llevado a mitificar.

Incluso en la UCD vivimos un Congreso de las Juventudes que los medios de comunicación tildaron de histórico en la política española. Porque fue motivo de portada en muchos medios españoles una de las ponencias que se llevaron a votación. Incluso Televisión Española, la única que había en aquellos momentos, interrumpió una película del Sábado Tarde para ofrecer un avance informativo en el que informó que ‘las Juventudes de UCD, en su congreso nacional, han presentado una ponencia para la aprobación de las drogas blandas. Reclamo que hasta entonces era sólo de izquierdas y que al congreso de los jóvenes del partido que presidía el gobierno de España llevó para su reivindicación el ala más liberal, los jóvenes que provenían de la Federación de Partidos Demócratas y Liberales, que presidía Joaquín Garrigues Walker. Un político de gran prestigio internacional, que llegó a ser ministro de Obras Públicas y Urbanismo y Adjunto a la Presidencia, que falleció poco después, el 28 julio de 1980.

La implicación social en las entidades de Lleida y el ser dirigente provincial de las Juventudes de UCD hizo que el partido viera bien el contar conmigo en las elecciones al Parlament de Catalunya, situado en el número seis de la lista, consiguiendo Centristes de Catalunya una representación de cuatro diputados. Por debajo de CiU (5) y por delante de PSC (3), ERC (2) y PSUC (1). Circunstancia que me permitió, además, un contacto muy directo con la calle, porque además de participar en la campaña como adjunto a la gerencia, lo hice, también, en algún acto público de los que se organizaron, además de aparecer en algunos de los carteles electorales que se imprimieron para pegar sobre las paredes o colocar en las farolas. Actos públicos en los que participé, por cierto, expresándome en castellano, pero con la lección bien aprendida al referirme a algunas cuestiones catalanas, que un tiempo atrás me dejaron en evidencia.

Me integré fácil en Lleida. Me interesé por su historia, tradición, vida social y, sobre todo, la lengua: el catalán. Hasta entonces necesario, pero no una condición intransigente de hablarlo y escribirlo por obligación, como ha sucedido en estos últimos años. Durante los años ochenta, la preocupación de las instituciones hacia la emigración llevó a presentar  diferentes programas culturales para aprender el idioma catalán. El más conocido, el de mayor éxito, las clases que se impartieron del Digui, digui (curso para no catalano parlants adultos), que promocionados por la Generalitat de Catalunya hizo que muchas personas que hasta entonces no habíamos hablado esta lengua nos atreviéramos a hacerlo en público. Fue donde me lancé a hablar catalán y donde aprendí a escribir, aunque no sin dificultad y ayuda en la corrección. Cursos de formación del Digui, digui, que en la década de los noventa, la Televisió de Catalunya (TV3) llevó después a la pequeña pantalla, aplicando ya técnicas muy avanzadas, más frecuentes en los cursos audiovisuales para aprender el inglés. La Secretaria de Política Lingüística de la Generalitat decidió recuperar la idea inicial del Digui, digui de los ochenta y adaptarla al nuevo medio de moda, con el nacimiento de Internet.

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