En las puertas del ‘Golpe de Estado’

Al comenzar los años ochenta departí en varias ocasiones con el presidente Adolfo Suàrez. El político, sin duda, más trascendental de la política española en estos últimos cuarenta años, desde que fuimos por vez primera a las urnas para elegir a un gobierno. No puedo decir que tuve una estrecha relación con él. Evidentemente que no. Aunque el hecho de haber sido candidato a las elecciones del Parlament de Catalunya, en las elecciones de 1980, y el estar vinculado estrechamente a la organización de esa campaña electoral, durante aquellos meses previos a pasar por las urnas fueron varias las ocasiones en las que Suárez estuvo en Lleida para participar en actos de la UCD.

Tuve el honor de asistir a diferentes encuentros en los que él, como líder del partido era el protagonista de esos actos, y, sobre todo, tuve la oportunidad de asistir a una comida en la que había un reducido grupo de veinte empresarios. En aquel momento, Suárez, un hombre habitualmente ilusionado, que incluso con las personas más cercanas  solía bromear con cierto entusiasmo,  en aquella comida mostró una gran preocupación por el ‘cierto cariz que están tomando los acontecimientos en la política española’. No hizo alusión a nada concreto, aunque en el fondo, como se pudo saber después, estaba su inquietud por lo que terminó en el Golpe de Estado del 23 F. En aquella comida ya evidenció una cierta preocupación por la ‘inestabilidad política que pocos pueden imaginar dónde nos conducirá’, según dijo. Entre los comensales nadie podía imaginar en aquellos instantes que pocos días después dimitiría como presidente del Gobierno español.

Mi admiración hacia Adolfo Suárez ha sido siempre grande. Lo confieso. Lo reconozco como una persona íntegra, honrada, cabal, irreprochable… Adolfo Suárez no sólo ha sido la figura más importante de la democracia sino un ejemplo a seguir en la honradez, por visto en gran decadencia con el paso de los años, en una gran parte de los políticos españoles. Protagonista de la llamada Transición española, Suàrez se erigió en la figura principal que hizo posible dejar atrás la dictadura franquista para dar paso a un sistema democrático.

Tras la muerte de Franco (1975) y hasta la aprobación de la Constitución de 1978, Adolfo Suárez promulgó importantes reformas hasta lograr la plena democracia. Junto a Juan Carlos I, Rey de España, los acontecimientos se sucedieron de un modo muy distinto al que imaginaron todos los que pretendían la continuidad del franquismo. La dictadura de Franco se desmanteló y se instauró un sistema democrático que quedó plasmado en la Constitución de 1978. Una etapa difícil, porque a la inestabilidad política había que vencer la tremenda crisis económica de ámbito internacional, originada por una crisis en el petróleo, y que se traduciría en huelgas y manifestaciones reclamando soluciones.

Dificultades especialmente en los jóvenes de la Transición, porque el choque cultural, respecto a las generaciones anteriores, fue grande. Se estigmatizaban los discursos con las practicas culturales que algunos desarrollaban. A los jóvenes de la transición se nos maldijo y, he aquí lo paradójico, se nos maldecía por el hecho de se que éramos jóvenes. A los veinte años, a pesar de que uno de los logros de aquellas generaciones de la transición fue la de pasar, en una década, de una cultura juvenil underground (con muchas alternativas) a una cultura juvenil convertida en referente, marcada por La Movida, a la que se le ligó una imagen de España moderna, actualizada, acorde a los tiempos y acontecimientos que se estaban viviendo.

Con Adolfo Suárez como presidente, tras la dimisión de Arias Navarro, el 30 de junio de 1976, presionado incluso por el monarca, que se mostraba dispuesto a alentar una democratización para estabilizar la propia Monarquía le llevó a plantear el nuevo estilo de hacer política; un audaz proyecto; la Ley de Reforma Pública (LRP), aprobada el 18 de noviembre de 1976, por las propias Cortes franquistas; la nueva ley electoral, que aceptaba el sufragio universal, libre, directo y la representación proporcional; las primeras elecciones democráticas, del 15 de junio de 1977 y la legalización del partido comunista, en la Semana Santa de 1977, que se hizo a partir de la aprobación de LRP… Todas estas reformas han convertido en el tiempo al presidente de la Transición en una figura indiscutible e incuestionable.

La Transición Española, que se contempla hoy, cuarenta años después, con discursos peyorativos con los y las jóvenes, basados en estereotipos difusos y empíricamente pobres. La llamada generación ni-ni, perroflauta o antisistema son calificativos habituales en determinados medios de comunicación e incluso en parte de la opinión pública, que sirven para moralizar sobre los peligros del pasotismo. Nada de esto tiene que ver con la figura del Adolfo Suárez que yo percibí. Con aquel personaje encumbró la sociedad española.

A menudo recuerdo a Adolfo Suárez echando mano del paquete cuadrangular de cigarros que fumaba, Ducados Internacional. Tabaco que encendía con toda normalidad desde el escaño del Congreso. Evoco al hombre que muchos han pretendido olvidar interesadamente, pero que fue el que cambió la historia de España, al mismo tiempo que cambió mi percepción particular por la política y la sociedad en general. Hasta llegar a la UCD de militante no había participado nunca en un partido político. Vivir los tiempos y los hechos que la política de Suárez marcó durante la Transición me enseñó a ser libre en las ideas. Él lo consiguió. Percibí en Suárez el coraje hecho persona. El político que fue capaz de pasar del Estado dictatorial hasta la democracia constitucional en sólo dos años y medio, a pesar de los esfuerzos de la extrema derecha y los atentados del terrorismo de ETA y del GRAPO para impedirlo… A pesar de las conspiraciones de franquistas atrincherados en el inmovilismo, el hombre más firme defensor de los valores del diálogo y del consenso, cambió la historia de España

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