1981: El año que marcó nuestras vidas

Desde que llegué a Catalunya, los viajes de fin de semana a Salamanca, tanto desde Barcelona como desde LLeida, habían sido frecuentes, casi uno por mes, sobre todo en el último año, porque mi madre se encontraba muy enferma. Un cáncer sesgó su vida a los 52 años, el 13 de noviembre de 1981.  Aquel día recibí una llamada desde Salamanca en la que me dijeron: ‘Ven a casa. Tu madre se encuentra mal‘. Cogí un coche al que le puse kilómetros a toda la velocidad que pude, porque algo me decía en el corazón que ya no llegaría a tiempo para darle el último adiós.

Durante el viaje paré a los 100 kilómetros, a los 150, a los 200… No recuerdo cuántas veces más, para preguntar por el estado de mi madre, desde el teléfono de un bar o restaurante en la carretera. Siempre con la misma respuesta: ‘Se encuentra mal. Pero ven tranquilo, con cuidado. No corras mucho’. Así, hasta llegar a Burgo de Osma, casi a medio camino, en un pueblo conocido por ser natural de éste Jesús Gil, el controvertido presidente del Atlético de Madrid. Volví a preguntar allí por el estado de mi madre, ya me reconocieron que había fallecido bastantes horas antes. Tengo especialmente grabado este momento, porque fue tal el alivio que me quedó al saber que mi madre había dejado de sufrir, que el resto del viaje lo hice con una tranquilidad pasmosa. En la fotografía superior, mis padres, Angela María y José, junto a mis cuatro hermanos, María Isabel, Pepe, María José y Julia.

Por cierto, que el fallecimiento de mi madre fue recogido con especial sentimiento en Lleida también, porque ese fin de semana, en un partido oficial del primer equipo de la Unió Esportiva Lleida todos los espectadores se guardaron un respetuoso minuto de silencio en su memoria. Detalle que agradecí a la junta que presidía Antonio Gausí.

Aquel año de 1981 quedó grabado en la retina de los españoles por el 23 de Febrero, el Golpe de Estado. Un mes antes, el 29 de enero de 1981, Adolfo Suárez había dimitido como presidente del Gobierno. En su mensaje al país, que duró doce minutos, emitido por la Televisión Española, a las 19:40, afirmó: ‘Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la Historia de España’. El cronista Abel Hernández, confidente de Adolfo Suárez, ha revelado posteriormente momentos claves en su vida política, que describo aquí literalmente:

‘Se sentía muy orgulloso. Sabía que había hecho lo que se tenía que hacer’, le dijo, antes de olvidar que había sido presidente. ‘Lo que desencadenó la dimisión de Suárez fue una tensa reunión, que él consideró una “encerrona” con generales en Zarzuela’. Aquel día de 1981, los militares entraron sin llamar en Zarzuela. El Rey se encontraba de cacería en aquel momento, y ante la gravedad de la situación, decidió regresar. Lo hizo en helicóptero, pese a que era un día lluvioso, gris. “Llamó de inmediato a Suárez y lo dejó a solas con los mandos militares. La reunión fue tremendamente tormentosa, hubiese o no pistola por medio en ese momento. Y en aquel momento, fue cuando Suárez, realmente, se dio cuenta de que había perdido la confianza del Rey”. El 29 de enero de 1981 anunciaba su adiós.

Tal fue su cercanía a Suárez, que incluso el Rey le hizo un encargo personal : tenía que decirle al presidente que se fuese. “El día de San Juan de 1980, el Rey tuvo interés en hacer un aparte conmigo, con mi mujer como testigo mudo. Me propuso, sin rodeos, que yo le llevara al presidente el mensaje; el mensaje, tal como lo percibí, era que así no se podía seguir, que su comportamiento tenía que cambiar, que era imprescindible que saliera del encierro de la Moncloa y diera la cara en el Parlamento. La frase final del rey que nunca olvidaré fue: “No hay que cambiar a Adolfo, pero Adolfo tiene que cambiar” Nunca cumplió el ultimátum de don Juan Carlos.

Aquel 1980, Suárez atravesaba ya sus horas más bajas. Los militares seguían sin perdonarle la entrada de los comunistas, sus barones le daban la espalda, los socialistas presionaban de manera incansable. Suárez recibía críticas por sus reticencias a entrar en la OTAN. ETA estaba en su época más dura. Aquel año, mató a 92 personas. Se avecinaba la moción de censura, el momento más difícil de toda su carrera. “Fue un acoso tremendo, aquel día empezaron la sesión llamándole Tahúr del Mississippi y otras lindezas, entre los aplausos de la izquierda”.

Según relata Hernández, ‘lo peor, fue que por primera vez se dio cuenta de que su propio partido empezaba a fallarle. Se sintió traicionado por sus más cercanos. “Suárez tenía también muchos defectos, y uno de ellos era que era muy susceptible. Se sintió completamente desamparado” Llegó a sentir pánico a acudir al Parlamento, un auténtico miedo escénico cuando debía enfrentarse a los diputados en las Cortes. Le había fallado su partido, y también el Rey. No ha habido presidente más abandonado que este’.

Según el relato del cronista, ‘Don Juan Carlos había advertido el declive del presidente y sabía que las presiones para que se fuese eran insostenibles. “Se dio cuenta de que Adolfo estaba quemado, bloqueado, y que había que salvar la Corona con una pasada por la izquierda”, dice Hernández. Armada, antiguo jefe de la Casa, le había sugerido al Monarca un gobierno de salvación presidido por él y con Felipe González como vicepresidente. El PSOE también había hecho su juego de fichas para un gobierno a medida. El Rey pensaba que la marcha de Suárez es la única forma de salvar la Corona.

La marcha no arregló las cosas El rey le concedió el Ducado con Grandeza de España, con una condición: que se retirase de la política. El expresidente dijo sí por lo bajini, pero apenas seis meses después de su marcha fundó el Centro Democrático y Social (CDS). Desde ese momento,  las relaciones quedaron rotas. “Esto ocasionó que se cerrasen las comunicaciones y que hubiese un gran silencio entre ellos”.

Sólo la Reina le siguió llamando, cada 25 de septiembre, para felicitarle el cumpleaños. La ruptura fue, para Suárez, un golpe letal “La vivió con mucha amargura, pero sin perder nunca la lealtad a la Corona”, según ha explicado el cronista Abel Hernández, confidente de Adolfo Suárez.

La apuesta por el centro marcó la trayectoria política de Adolfo Suárez durante la Transición democrática y le llevó de la fundación y el éxito de la Unión de Centro Democrático, ganadora de las dos primeras elecciones generales tras la muerte de Franco, al declive de su segundo proyecto: el Centro Democrático y Social (CDS). A su salida del Gobierno, siguió su abandono de la Presidencia de la UCD. A partir de ahí, la caída del partido que durante los primeros años de la democracia había gobernado fue en picado tras el abandono, en noviembre de 1981, de 16 diputados socialdemócratas, encabezados por Francisco Fernández Ordóñez.

Adolfo Suárez, que había dejado la ejecutiva de UCD en noviembre de 1981 por diferencias internas, en mayo de 1982 se negó a formar cartel electoral con el presidente Calvo-Sotelo para las elecciones generales de octubre de ese año y, tras intentar imponer sus condiciones para solucionar la crisis de UCD, se marchó del partido en julio. Mes en el que registró su nueva formación, Centro Democrático y Social (CDS).

Se fue Suárez de la UCD y con él muchos militantes que hasta entonces habíamos estado junto a él. Nos fuimos con ilusiones renovadas. Creyendo en la figura de un político que, al menos hasta entonces, había sido el icono de la política española. Con Suárez renovábamos fuerzas en un partido reformista, progresista y de estructura descentralizada. No uníamos en un nuevo proyecto con el objetivo de nuevas perspectivas, el Centro Democrático y Social. Pero nada fue igual.

Los últimos meses en la UCD habían sido difíciles. El Golpe de Estado del 23 F marcó nuestro último año en este partido. Aquel 23 de febrero de 1981 recuerdo que por la mañana había ido a hacer el mercadillo de venta ambulante, como lo hacía prácticamente todos los días durante aquellos meses. La fabricación de prendas de venta al por mayor no había funcionado bien empresarialmente, con lo que había decidido fabricar prendas de vestir para niños en menor cantidad y venderlas yo personalmente en los mercadillos de Lleida y los municipios de su entorno. Me lo pasaba increíblemente bien, por cierto. Era feliz. Había evitado muchos problemas empresariales y los ingresos, aunque menores, todos para mi . Me gustaban aquella actividad que hacía, a pesar de que había que madrugar mucho cada día para coger una buena zona en los mercados.

golpe de estado

Aquel 23 de febrero me encontraba en el almacén en el que guardaba las prendas de confección que tenía para su venta , el mismo local que había sido el centro de la fabricación de venta al por mayor que había confeccionado durante los dos últimos años. Acababa de anochecer. La tarde comenzaba a estar cerrada, cuando sonó el teléfono. Llamaba Pere Roselló, secretario general de la UCD en Lleida: ‘Ángel, coge tu furgoneta y ven rápidamente al partido’, me dijo, en un tono que ya en ese instante podía intuir entre el nerviosismo y la preocupación. Imagino que no tardé más de 5 minutos en llegar.

Al llegar a la sede de la UCD, varios voluntarios bajaron desde un primer piso a la calle dos enormes archivadores. Dos enormes armarios de hierro, que pesan una barbaridad. Los introdujeron en la furgoneta ante mi mirada atónita, y sin dar mucho crédito a lo que pasaba, a la vez que me dijeron: ‘llévalos a tu fábrica y entiérralos entre una montaña de pantalones. Que no sepa nadie dónde se encuentran’. No entendía nada. Nada hasta que comencé a saber que pocos minutos antes se había producido un Golpe de Estado en España, en el Congreso de los Diputaos. En aquel momento pensaba que si esto habían hecho en la UCD, en un partido que había gobernado y que poco había para ocultar, a pesar del temor con el que me habían entregado los archivos, pensé que harían en ese momento para preservar la identidad de sus militantes en los partidos de izquierdas, en formaciones como el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y, sobre todo, en el Partido Comunista de España (PCE).

España había sido golpeada el 23 F por el Golpe de Estado. Desde aquel mismo momento en el que conocí tan violento acto antidemocrático no dejé de escuchar la radio. Durante sus primeras horas, con dificultad, porque no eran muchas las noticias que llegaban, pero durante toda la noche siguiendo al mítico periodista de deportes José María García, que aquella noche había cambiado su habitual programa por el seguimiento de todo lo que acontecía entre la Calle Zorrilla y la Carrera de San Jerónimo, en directo y a pie del Congreso de los Diputados.

Aquella tarde, a las 18.22 minutos se había irrumpido la votación que se estaba produciendo para investir a Calvo-Sotelo como presidente del Gobierno, tras la dimisión de Adolfo Suárez. A esa hora se inició la operación “Duque de Ahumada”, en referencia al fundador de la Guardia Civil. Según el plan trazado, un grupo de guardias civiles, subfusil en mano, irrumpió en el hemiciclo del Congreso de los Diputados encabezados por el teniente coronel Antonio Tejero. Este, desde la tribuna, gritó: ‘¡Quieto todo el mundo!’. Dando orden de que todos se tirasen al suelo. Procediendo poco después a una ráfaga de disparos sobre el techo del hemiciclo, que aún ahora, cuarenta años después, los impactos se conservan intactos como recuerdo de aquel acto antidremocrático.

Un golpe de estado que tuvo los primeros síntomas en el malestar que el ejército había mostrado en abril de 1977, cuando con motivo de la legalización del PCE por parte de Adolfo Suárez, el día 9 de ese mismo mes, Sábado Santo, dimitió el ministro de Marina. Circunstancia que llevó al Consejo Superior del Ejército a emitir una nota en la que manifestaba su disconformidad con dicha legalización, ‘aunque la acatase’ y cuando en noviembre de 1978 tuvo lugar la desarticulación de la Operación Galaxia, una intentona golpista por la cual su principal responsable, Antonio Tejero, fue condenado a siete meses de prisión.

Incluso el periodista Emilio Romero Gómez, que había sido director del diario La Mañana de Lleida, publicó días antes del golpe un artículo en el diario ABC en el que criticaba duramente al dimitido Adolfo Suárez, defendía la necesidad de ‘un golpe de timón’ y proponía al general Alfonso Armada (implicado posteriormente en el golpe) como posible candidato a Presidente del Gobierno.

A pesar de superar el Golpe de Estado, ese día, el triunfo no fue de nadie. En la retina de los españoles ha quedado la imagen del presidente Adolfo Suárez y la del vicepresidente primero del Gobierno para los Asuntos de la Seguridad y la Defensa Nacional, Manuel Gutiérrez Mellado, inmóviles sobre sus escaños. Sin acobardarse ante los militares asaltantes, mientras el resto de diputados escondía todo su cuerpo bajo el escaño. Un acto el del ex presidente que para los que seguíamos confiando en él había sido una muestra más del valor con el que siempre afrontó los problemas de la sociedad española que salía de la dictadura. Tras unos meses de acoso y derribo inaudito, Suárez había abandonado la presidencia del gobierno en un contexto de una democracia en la que casi todos habían perdido en exceso las formas buscando a cualquier precio la dimisión del presidente.

La sociedad que había pasado cuarenta años en dictadura se adormeció durante horas con el golpe de Estado. Sintió de nuevo la represión. Volvió a sentir miedo. Pero a los meses que precedieron al Golpe le siguió un clima social favorable. La sociedad civil venció aquel miedo, a pesar de una grave y acuciante crisis económica que rayaba la catástrofe, incitada en una gran parte al temor que se tenía a los actos terroristas de ETA y auspiciada, también, por el deterioro que sufría la UCD, con Adolfo Suárez en su momento más bajo de su trayectoria política.

‘Acoso y derribo’ en el que participó también la Iglesia. Suárez, que había dado muchas muestras de ser un hombre muy próximo al catolicismo acordó con Tarancón una ley del divorcio mínima, que finalmente sería aprobada más permisivamente de los acuerdos entre ambos, al tener que ser asumida por los socialdemócratas de UCD. Lo que da origen a una desconfianza hacia el presidente y una relación más estrecha entre la Iglesia y Manuel Fraga Iribarne, presidente de Alianza Popular (AP).

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